domingo, 4 de marzo de 2012

Ave María, El Señor está contigo



EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

El Evangelio de San Lucas dice que la Virgen María se turbó al escuchar las palabras del ángel Gabriel, cosa normal, pues nuestra condición humana es muy pobre para recibir con un espíritu tranquilo un mensaje que viene de Dios.

Esas palabras del ángel “Dios está contigo” se pronuncian en todos los momentos en que hay una revelación de lo alto. Siempre perturban a las personas que lo reciben, porque acostumbran comunicar un cambio en la vida de quien lo recibe. A Abraham se le ordenó dejar la casa de sus padres, a Moisés volver a Egipto, a Pedro visitar al centurión Cornelio, que no era cristiano. Los comunicados del Señor contienen temor, por eso, el Señor siempre dice: “No temas, yo estaré contigo.”

El Señor está contigo no quiere decir que El Señor está a nuestro lado, que nos acompaña, como si nosotros pudiésemos hacer algo para lo que contamos con la ayuda de Dios. Es dejarse hacer, corresponder a la gracia, del mismo modo que la Virgen María dijo: “Hágase en mí según tu palabra”. Al rezar el Avemaría hacemos una alabanza y una invocación. La alabanza se relaciona con la verdadera grandeza de María. La invocación contiene todo lo que podemos pedir y esperar de Ella.

María representa en el momento de la encarnación a los pobres de todo lugar y tiempo, a la humanidad entera: el Hijo de Dios se ha hecho hombre entre los hombres y pobre entre los pobres. Ello exige que nosotros debamos aceptar la encarnación de Dios, con el mismo espíritu de Jesucristo. María no toma de forma pasiva la encarnación de Dios en sus entrañas, sino con un activo “Fiat”, que facilita la voluntad divina de salvación. No es un privilegio. María, como esclava del Señor, se ofrece en servicio a los planes de Dios por la humanidad. Esta es también la misión del cristiano: libre, hacerse esclavo, para servir a dios y al hermano necesitado.

A la Virgen María el ángel le dijo: “El Señor está contigo”. No sólo es la mujer que Dios ha favorecido, sino que Dios mismo tomó carne de su vientre. María, con su Sí a Dios hizo posible que en su vientre Dios se hiciera hombre, por obra del Espíritu Santo. No sólo Dios estaba con Ella, sino que estaba en Ella.
La presencia de Dios entre nosotros es una manifestación del cariño y la misericordia de Dios con nosotros.

En la Misa, el sacerdote nos desea: “El Señor esté con vosotros”, igual, “venga a vosotros”; pero esa presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro corazón y en nuestro espíritu, como dice San Agustín, se realiza si de verdad nosotros lo deseamos y lo pedimos, aunque no es fácil tener conciencia plena de la presencia de Dios en nuestra vida; por eso, al hacer oración, debemos pedir: Señor, dame conciencia de tu presencia, para que la oración sea un trato personal, amistoso, entre Dios y yo.